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En la vereda Santa Martina del municipio de Puerto Berrio, en el Magdalena Medio Antioqueño, vive María Argenis Betancur con su esposo y dos de sus cuatro hijos: John Fredy de 12 años, quien cursa el grado sexto, y Daniel Alexis de 13 años, quien   cursa el grado séptimo, y quienes deben trasladarse usualmente a Bodegas, una vereda vecina, ubicada a unos 10 kilómetros de su vivienda, para realizar sus estudios de secundaria. La familia llegó a este sitio hace algunos años a trabajar en una hacienda ganadera luego de salir de la vereda La Congoja del municipio de Yondó, ubicado igualmente en el Magdalena Medio Antioqueño, porque a don Fidel, cabeza del hogar, se le término el trabajo.

María Argenis manifiesta que no tiene vivienda propia ni tierra para sobrevivir de las actividades del campo, situación que obligó a Fidel Parra, su esposo, a trabajar en una finca ganadera que por suerte tiene una pequeña casa donde le permitieron vivir con su familia. En la actualidad los hijos menores de esta familia, Daniel Alexis y John Fredy, estudian en una Institución educativa administrada por la Organización Coredi y son ellos los protagonistas de esta historia.

Si bien para el desarrollo de las actividades escolares la Organización Coredi tiene diseñado un modelo educativo con guías y talleres de estudio, la orientación presencial del docente o tutor es fundamental. Sin embargo, en medio de la cuarentena los estudiantes no pueden estar en la Institución, lo que ha complicado las cosas no solo para esta familia sino para la mayoría de familias rurales, dado que para continuar con las asesorías es necesario contar con acceso a internet y con un equipo que permita la comunicación. Sobre lo primero María Argenis manifiesta que a la casa no llega señal de internet y para comunicarse solo tiene un celular.

Buscando soluciones a la situación, la familia Parra Betancur exploró diferentes sitios de la finca en busca de señal encontrando parcialmente una solución en una colina de la vereda que ellos denominan “el filo”, allí el celular mostró señal de internet que, aunque muy regular, permite la comunicación de los jóvenes con sus tutores, enviar las evidencias y las actividades del trabajo en casa.

Solucionada en parte la dificultad, se dieron a la tarea de acondicionar el lugar puesto que era un paraje solitario en medio de potreros de ganado y sin árboles que protegieran de la lluvia o del sol en un clima de 35 grados como este del Magdalena Medio. Al lugar la familia lo denominó “Sala de Internet”, se acondicionó con materiales encontrados en los alrededores del lugar y ubicando improvisadas sillas y un lugar para escribir.

Como la “Sala de Internet” queda un poco retirada de la casa, aproximadamente a un kilómetro, Argenis siempre acompaña a sus hijos a los encuentros virtuales con los tutores. Señala que, si no está con ellos, “los muchachos resultan metiéndose a otros sitios y no aprovechan el tiempo adecuadamente”.

Según cuenta, hay que estar pendiente de que terminen las tareas, los trabajos y que respondan a las preguntas. Además, “debo tomar las fotos para que ellos las suban al WhatsApp como evidencias de su trabajo y cumplimiento de los horarios. En algunas oportunidades, cuando los trabajos son en la tarde, mi esposo los acompaña y yo puedo realizar las tareas del hogar”.

En los modelos flexibles de educación, y muy especialmente para la ruralidad, los Proyectos Pedagógicos Productivos son una herramienta y un complemento importante en el currículo. Cuando se le preguntó cómo trabajan este aspecto y cuál ha sido su participación como madre y acudiente, María Argenis manifestó que sus hijos sí han desarrollado algunas actividades, entre ellos un proyecto de pollos de engorde el año anterior. Sin embargo, la mujer puntualizó en un inconveniente: según ella “el problema es que no hay espacios para producir, esto sucede en casi toda la vereda, aquí se perdió la vocación agropecuaria, la gente no tiene tierra, está en manos de dos o tres hacendados que para colmo de males se dedican a la ganadería de engorde que requiere poca mano de obra, una persona o máximo dos por finca, los demás tienen que buscar trabajo en otros sitios. En la finca mi esposo es el único trabajador, cuando hay que conseguir una persona para un trabajo especial, él mismo lo contacta, pero son dos o tres días como máximo y en situaciones esporádicas”.

En medio de la Pandemia que este 2020 se instaló en el planeta, historias de reinvención como estas, máxime en la precariedad casi siempre presente en la ruralidad nos dan un ápice de aliento que se convierte en la cantidad suficiente para que nosotros, como una Organización comprometida por más de tres décadas con la educación y el desarrollo del territorio, no paremos en nuestra labor.

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